Estrenos de la semana
Sobrevivir para poder contarlo
Hay películas que entienden la supervivencia como una cuestión física y otras que la sitúan en la memoria. La bola negra atraviesa casi un siglo de historia española para preguntarse qué ocurre con los deseos, los amores y las identidades condenados durante demasiado tiempo al silencio. En el corazón de la bestia, en cambio, reduce el mundo a un hombre, un perro y una naturaleza que no concede privilegios. Los Javis miran hacia aquello que una sociedad quiso borrar; David Ayer, hacia lo que queda de una persona cuando todo lo demás desaparece. Dos formas muy distintas de intentar regresar con vida.
La bola negra
La bola negra, escrita y dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, conecta las vidas de tres hombres homosexuales separados por el tiempo. Sus historias transcurren en 1932, 1937 y 2017 y quedan unidas por el deseo, la sexualidad, la pérdida y una herencia emocional que atraviesa generaciones. En el centro del relato aparece la huella de Federico García Lorca y, especialmente, una obra teatral que dejó inacabada y de la que apenas sobrevivieron unas páginas. A partir de ese vacío, la película imagina vidas y afectos que la historia oficial dejó muchas veces fuera de campo.
Los Javis afrontan su proyecto más ambicioso con una estructura en tres tiempos y una puesta en escena que alterna intimidad, melodrama, guerra, música y una clara vocación de gran espectáculo. Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González y Milo Quifes ocupan el centro de un reparto en el que también aparecen Lola Dueñas, Penélope Cruz y Glenn Close. La película no intenta convertir a Lorca en protagonista de un biopic, sino utilizar su ausencia y su imaginario como hilo conductor. La fotografía, el vestuario y la música construyen épocas distintas sin romper la continuidad emocional entre ellas, mientras el relato insiste en aquello que permanece cuando cambian los años: el miedo a vivir abiertamente y la necesidad de ser reconocido por otro.
La ambición juega a favor y en contra de La bola negra. Hay momentos en los que la emoción parece necesitar más espacio y menos énfasis, pero también secuencias capaces de justificar el tamaño de la apuesta. Lo mejor aparece cuando el artificio se aparta y queda una verdad sencilla: hubo personas a las que se negó incluso la posibilidad de nombrar su amor. Los Javis no filman esa memoria como una pieza de museo, sino como algo todavía presente. Y ahí la película encuentra su sentido más profundo: no recordar únicamente a quienes no pudieron vivir como deseaban, sino preguntarse qué hacemos nosotros con la libertad que ellos no tuvieron.
En el corazón de la bestia
En el corazón de la bestia, dirigida por David Ayer, sigue a James Belmont, un antiguo oficial de las Fuerzas Especiales que queda aislado en la naturaleza salvaje de Alaska tras un accidente aéreo. A su lado permanece Odin, su perro de combate. Heridos y lejos de cualquier ayuda, ambos deben enfrentarse al frío, el hambre, los animales salvajes y un terreno hostil mientras intentan encontrar el camino de regreso. Para James, la lucha exterior se mezcla además con las secuelas de una vida marcada por el combate.
David Ayer sorprende aquí al alejarse parcialmente de la agresividad urbana y militar que ha caracterizado buena parte de su filmografía. La película respira con otro ritmo. Hay aventura, peligro y suspense, pero también largos momentos en los que Brad Pitt queda frente al paisaje y frente a Odin, sin más diálogo que el de dos seres que dependen el uno del otro. La cámara aprovecha la escala de las montañas y los bosques para reducir al protagonista a su verdadera dimensión: un cuerpo vulnerable en medio de algo infinitamente mayor. Pitt sostiene ese minimalismo con oficio y presencia, mientras el perro deja de funcionar como mero acompañante para convertirse en verdadero compañero dramático.
En el corazón de la bestia no reinventa el cine de supervivencia y tampoco parece buscarlo. Sus referencias resultan reconocibles, desde las historias clásicas del hombre frente a la naturaleza hasta películas como Náufrago o Cuando todo está perdido. Pero Ayer encuentra una emoción propia en el vínculo entre James y Odin. La película comprende algo elemental: cuando desaparecen las comodidades, los uniformes y las certezas, la lealtad deja de ser una palabra solemne y se convierte en una cuestión práctica. Compartir calor, esperar, proteger al otro. Sobrevivir juntos porque hacerlo solo quizá ya no tenga sentido.
🎬 La opinión del Sr. Director
Pocas veces dos estrenos tan diferentes permiten una conversación tan limpia. La bola negra habla de sobrevivir al silencio de una época. En el corazón de la bestia, de sobrevivir a un territorio que no conoce nuestra historia ni nuestras heridas. En la primera, mantenerse vivo significa conseguir que una memoria llegue hasta quienes vienen después. En la segunda, consiste simplemente en alcanzar el día siguiente.
Los Javis miran hacia quienes tuvieron que esconder una parte esencial de sí mismos. Ayer mira a un hombre despojado de casi todo salvo la compañía de un animal que confía en él. Una película reivindica el derecho a haber existido; la otra descubre cuánto puede valer una presencia cuando el mundo se queda vacío. Quizá ambas terminen diciendo algo parecido: nadie atraviesa completamente solo aquello que puede destruirlo.
Esta semana entramos en la sala para recordar a quienes tuvieron que esconderse y para acompañar a quien intenta regresar desde el confín del mundo. Dos historias de resistencia que nos recuerdan que sobrevivir es importante, pero encontrar a alguien —o algo— por quien hacerlo puede ser todavía más decisivo. Nos vemos entre butacas. 🎬✨
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