viernes, 24 de julio de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Infancias heridas, fiestas envenenadas

Esta semana la cartelera nos invita a entrar en dos mundos donde los adultos han convertido el afecto en una forma de administración. En El mensaje, una niña atraviesa la Argentina rural con un don que otros explotan como negocio. En El anfitrión, título español de The Birthday Party, una celebración familiar en una isla privada se transforma en un escenario de poder, secretos y decadencia. Una película viaja por caminos humildes; la otra se encierra en el lujo mediterráneo. Pero ambas hablan de criaturas atrapadas en estructuras familiares donde amar, obedecer y sobrevivir nunca significan exactamente lo mismo.

El mensaje

El mensaje, dirigida por Iván Fund, sigue a Anika, una niña de nueve años que posee la extraña capacidad de comunicarse con los animales. Acompañada por sus tutores, recorre la Argentina rural en una autocaravana ofreciendo un peculiar servicio de mediación para personas que desean escuchar aquello que sus mascotas nunca pudieron decirles. El viaje avanza hacia el encuentro con la madre de la niña, internada en una institución psiquiátrica, mientras la convivencia entre los tres revela tensiones familiares, necesidades económicas y una comunicación humana mucho más difícil que la animal.

Iván Fund filma esta historia en blanco y negro con una delicadeza que parece venir de otro tiempo. El mensaje tiene forma de road movie mínima, casi de fábula errante, pero bajo su apariencia sencilla circula una inquietud persistente. La cámara observa los rostros, los animales, los caminos secundarios y los silencios sin necesidad de imponer una explicación cerrada. Hay humor, ternura y misterio, pero también una tristeza muy reconocible: la de una infancia colocada demasiado pronto al servicio de los adultos. No es casual que la película recibiera en Berlín el Oso de Plata Premio del Jurado; su fuerza está precisamente en esa mezcla de pequeñez formal y resonancia emocional.

Lo más hermoso de El mensaje es que no convierte el don de Anika en espectáculo sobrenatural, sino en una pregunta moral. ¿Quién escucha realmente a quién? Los adultos buscan en los animales respuestas que no saben darse entre ellos, mientras la niña parece comprender mejor el lenguaje de las criaturas que el de quienes deberían protegerla. Fund no juzga de forma estridente, pero deja que el viaje revele su propia melancolía: a veces la inocencia no se pierde de golpe, sino cuando empieza a ser utilizada por los demás como una herramienta, una esperanza o una mercancía.

El anfitrión

El anfitrión, título español de The Birthday Party, dirigida por Miguel Ángel Jiménez, se sitúa a finales de los años setenta en una isla privada del Mediterráneo. Markos Timoleon, un poderoso magnate griego, organiza una fastuosa fiesta para celebrar el 25 cumpleaños de Sofía, su hija y heredera. A medida que llegan los invitados y la celebración avanza entre excesos, intereses económicos y apariencias sociales, salen a la luz tensiones familiares y secretos que amenazan el control que Markos ejerce sobre su entorno.

Miguel Ángel Jiménez construye la película como un drama de encierro lujoso, donde la isla funciona menos como paraíso que como jaula dorada. Willem Dafoe aporta al magnate una presencia magnética, entre la seducción del poder y la sombra de la tiranía doméstica. A su alrededor, Emma Suárez, Victoria Carmen Sonne, Joe Cole y el resto del reparto componen un paisaje humano atravesado por la dependencia, el cálculo y la representación social. La puesta en escena busca una atmósfera de decadencia: cuerpos vestidos para la fiesta, copas que brillan, conversaciones que esconden amenazas y una riqueza que parece incapaz de producir verdadera felicidad.

El anfitrión resulta más interesante cuando deja de mirar el lujo y se atreve a mirar la herida familiar que lo sostiene. La fiesta no es solo una celebración; es una ceremonia de dominio. Markos no organiza un cumpleaños, organiza un mundo a su medida. Y ahí la película encuentra su veta más amarga: la de un padre que confunde protección con posesión y amor con control. No todo en el conjunto alcanza la misma temperatura dramática, y por momentos la película parece demasiado pendiente de su envoltorio internacional, pero cuando Dafoe ocupa el centro de la escena se percibe con claridad el fondo del relato: la decadencia de quienes han tenido tanto poder que ya no saben distinguir entre querer a alguien y decidir por él.

🎬 La opinión del Sr. Director

El mensaje y El anfitrión dialogan desde extremos casi opuestos. En la primera, la pobreza obliga a convertir un don infantil en medio de subsistencia. En la segunda, la riqueza convierte una fiesta en instrumento de dominación. Anika viaja en una autocaravana por caminos rurales; Sofía habita una isla privada rodeada de invitados poderosos. Pero las dos están atrapadas en el mismo conflicto: adultos que han decidido organizar el mundo alrededor de sus propios miedos, intereses y necesidades.

La película de Iván Fund mira la infancia con una ternura extraña, casi animal, como si todavía hubiera una posibilidad de escucha en medio del daño. La de Miguel Ángel Jiménez mira la familia desde el veneno del poder, allí donde el apellido, el dinero y la herencia pesan más que la libertad. Una susurra; la otra celebra a gritos. Pero ambas nos recuerdan que el verdadero drama familiar no siempre nace de la falta de amor, sino de la incapacidad de dejar que el otro exista sin convertirlo en propiedad.

Esta semana, el cine nos deja dos imágenes difíciles de olvidar: una niña que escucha a los animales porque los humanos han olvidado escucharse, y una joven rodeada de lujo que quizá solo desea escapar del reino de su padre. Nos vemos entre butacas. 🎬✨

viernes, 17 de julio de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Regresar, huir, resistir

La cartelera de esta semana nos propone tres películas atravesadas por una misma idea: el viaje como prueba moral. En La Odisea, Christopher Nolan vuelve al mito fundacional del regreso imposible. En Omaha, Cole Webley convierte una carretera estadounidense en el espacio íntimo de una familia herida. Y en Hombres de acero, título español de Wasteman, Cal McMau encierra el viaje en una celda, donde la libertad está tan cerca que puede perderse con un solo gesto. Tres películas sobre hombres que buscan salir de un lugar: del mar, de la pobreza, de la prisión, pero también de sí mismos.

La Odisea

La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, adapta el poema épico atribuido a Homero y sigue a Odiseo, rey de Ítaca, en su largo regreso a casa tras la guerra de Troya. Durante su travesía, el héroe debe enfrentarse a criaturas míticas, tempestades, tentaciones, enemigos y pérdidas, mientras Penélope y Telémaco esperan en una Ítaca amenazada por quienes desean ocupar su lugar. La historia se articula alrededor de ese viaje físico y espiritual en el que regresar no significa únicamente volver a un territorio, sino intentar recuperar una identidad desgastada por la guerra y el tiempo.

Nolan aborda el mito desde la escala monumental que ha definido buena parte de su cine reciente. La película parece concebida como una experiencia de gran formato, donde el mar, la piedra, el cuerpo y el tiempo adquieren una presencia casi física. No es difícil reconocer en esta elección una prolongación de sus obsesiones: el hombre sometido a una misión imposible, la arquitectura del relato, el sacrificio, la memoria y la relación entre destino y voluntad. Matt Damon sostiene a Odiseo como una figura menos perfecta que legendaria: un hombre que ha sobrevivido demasiado y que empieza a descubrir que cada victoria deja una forma de ruina.

Lo más sugerente de La Odisea está en que Nolan no se limita a filmar el regreso como una aventura, sino como una pregunta sobre el precio de la supervivencia. ¿Puede volver realmente a casa quien ha visto tanto horror? ¿Es Ítaca un lugar o una promesa que el tiempo ha transformado? La película puede cargar con el peso de su propia ambición, y no todos sus pasajes míticos respiran con la misma naturalidad, pero cuando encuentra el equilibrio entre espectáculo y melancolía, alcanza una fuerza primitiva: la de recordarnos que todo viaje importante no termina cuando se alcanza la orilla, sino cuando uno se atreve a mirar en qué se ha convertido durante el camino.

Omaha

Omaha, dirigida por Cole Webley, sigue a un padre que emprende un viaje por carretera con sus dos hijos, Ella y Charlie, después de una tragedia familiar. El desplazamiento hacia Nebraska se presenta al principio como una salida improvisada, casi una aventura vista desde los ojos infantiles, pero poco a poco revela una realidad más dolorosa. A medida que avanzan por el paisaje del oeste estadounidense, los niños empiezan a percibir que su padre oculta algo y que ese viaje no responde solo al deseo de escapar, sino a una necesidad desesperada de encontrar algún tipo de salida.

Webley debuta con una película de tono seco, humilde y profundamente atento a los silencios. Omaha pertenece a esa tradición del cine independiente estadounidense que encuentra drama en una carretera, una gasolinera, un motel o el interior de un coche. Su fuerza no está en explicar demasiado, sino en dejar que el espectador comprenda a través de los gestos: la mirada del padre, la confusión de los niños, la tensión de quien intenta proteger mientras se hunde. John Magaro compone un personaje contenido y quebrado, un hombre que no sabe cómo pedir ayuda y que convierte la huida en una forma torpe de amor.

Lo más valioso de Omaha es su piedad. No en el sentido blando de la palabra, sino en su capacidad para mirar a unos personajes vulnerables sin convertirlos en material de juicio. La película habla de pobreza, duelo, culpa y fracaso, pero también de la dificultad de comprender las decisiones de quienes ya no ven ninguna puerta abierta. Puede que su minimalismo resulte demasiado reservado para algunos espectadores, pero ahí reside también su honestidad: Webley no busca grandes discursos, sino el temblor pequeño de una familia que intenta seguir unida cuando el mundo parece haberla dejado al margen.

Hombres de acero

Hombres de acero, título español de Wasteman, dirigida por Cal McMau, se sitúa en el interior de una prisión británica. Taylor, un preso que está a punto de obtener la libertad condicional, ve peligrar su oportunidad de empezar de nuevo cuando llega a su celda Dee, un compañero enigmático cuya presencia altera el equilibrio que había construido. La relación entre ambos deriva hacia un juego de tensión, dependencia y secretos, mientras la violencia del entorno amenaza con cerrar definitivamente la puerta que Taylor creía tener ya entreabierta.

Cal McMau plantea el drama carcelario desde la intensidad física del encierro. La película no necesita grandes espacios para generar presión: basta una celda, un pasillo, una mirada demasiado larga o una conversación que cambia de temperatura. David Jonsson y Tom Blyth sostienen buena parte del pulso dramático, construyendo una relación ambigua, áspera y cargada de amenaza. La puesta en escena entiende la prisión no solo como escenario, sino como sistema: un lugar donde cada gesto se interpreta, cada debilidad se paga y cada promesa de futuro puede convertirse en moneda de cambio.

Lo mejor de Hombres de acero está en su manera de desmontar la fantasía de la dureza masculina. El título español parece hablar de hombres irrompibles, pero la película se interesa justo por lo contrario: por las grietas, los miedos, la necesidad de afecto y la violencia que aparece cuando nadie ha enseñado a esos hombres a nombrar su fragilidad. McMau no idealiza la prisión ni convierte a sus personajes en santos del sufrimiento. Los mira atrapados en un lugar donde sobrevivir exige una armadura, pero donde esa misma armadura puede impedirles salir vivos por dentro.

🎬 La opinión del Sr. Director

Las tres películas de esta semana forman una especie de mapa del regreso. Odiseo quiere volver a Ítaca, pero descubre que el hogar no permanece intacto esperando a nadie. El padre de Omaha conduce hacia adelante porque no sabe cómo mirar atrás. Taylor, en Hombres de acero, está a punto de salir de prisión, pero antes debe enfrentarse a todo aquello que la cárcel ha hecho de él. En las tres, el destino parece sencillo: una isla, una ciudad, una libertad condicional. Pero el cine nos recuerda que los lugares más difíciles de alcanzar casi nunca están en el mapa.

Christopher Nolan mira el viaje desde la grandeza del mito; Cole Webley, desde la fragilidad de una familia sin red; Cal McMau, desde la brutalidad de una celda donde la esperanza es peligrosa. Tres escalas, tres tonos, tres formas de hablar de lo mismo: la posibilidad de regresar siendo otro. Quizá por eso esta semana la cartelera resulta tan poderosa. Porque nos obliga a preguntarnos si de verdad buscamos un lugar al que volver o si, en el fondo, buscamos una manera de reconciliarnos con aquello que el camino nos ha quitado.

Esta semana, el cine nos deja tres trayectos y una misma certeza: nadie regresa indemne de aquello que ha tenido que atravesar para sobrevivir. Nos vemos entre butacas. 🎬✨

viernes, 3 de julio de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Viajes, fronteras y lugares que no siempre nos pertenecen

Esta semana la cartelera nos invita a mirar dos viajes muy distintos. En Magallanes, Lav Diaz revisa una de las grandes expediciones de la historia desde una mirada lenta, incómoda y desmitificadora. En Hermanos, Carol y Marina Rodríguez Colás acompañan a tres adolescentes desde la periferia de Barcelona hasta una fiesta en la zona alta, convirtiendo ese pequeño desplazamiento urbano en un mapa de clase, deseo y pertenencia. Una película cruza océanos; la otra cruza barrios. Pero ambas hablan de lo mismo: de quién puede moverse por el mundo sintiéndose dueño de su destino y quién descubre, demasiado pronto, que toda frontera tiene guardianes visibles e invisibles.

Magallanes

Magallanes, dirigida y escrita por Lav Diaz, sigue al navegante portugués Fernando de Magallanes en los años previos y durante la expedición que buscaba abrir una nueva ruta hacia Oriente bajo el patrocinio de la Corona española. El viaje, marcado por el hambre, los motines, la tensión religiosa y el agotamiento de la tripulación, se transforma progresivamente en una travesía física y moral. Al llegar al archipiélago malayo, la voluntad de conquista y conversión de Magallanes provoca enfrentamientos que revelan la violencia oculta bajo el relato heroico de la exploración.

Lav Diaz no filma la aventura como conquista luminosa, sino como un territorio de espera, fanatismo y desgaste. Frente a la épica tradicional, su película trabaja la quietud: los tiempos muertos, los silencios, la inmovilidad del mar, la respiración pesada de los cuerpos y esa sensación de que la historia avanza no por grandes gestas, sino por acumulación de heridas. Gael García Bernal compone un Magallanes contenido, obsesivo, más cercano al hombre arrastrado por una misión espiritual que al héroe de manual escolar. La película encuentra su fuerza precisamente en esa renuncia al espectáculo fácil: la acción queda contenida, casi reprimida, mientras el paisaje y la duración van revelando la sombra colonial del viaje.

Lo más valioso de Magallanes está en su voluntad de mirar el mito desde el reverso. Diaz no parece interesado en celebrar el descubrimiento, sino en preguntarse qué precio humano, cultural y espiritual hubo detrás de esa palabra. Su cine, incluso aquí en una duración más accesible que otros trabajos suyos, mantiene una gravedad hipnótica. La película exige paciencia, pero recompensa con una lectura poderosa: la historia no siempre se escribe con mapas y nombres gloriosos; a veces se escribe con cuerpos sometidos, lenguas silenciadas y una cruz utilizada como permiso para la violencia. Magallanes no engrandece la expedición: la vuelve inquietante.

Hermanos

Hermanos, dirigida por Carol Rodríguez Colás y Marina Rodríguez Colás, sigue a Ayman, un adolescente marroquí que asiste a la fiesta de cumpleaños de Sara, una joven catalana, en la casa donde trabaja su madre como empleada doméstica. Acompañado por sus amigos Eric y Rober, emprende un recorrido desde su entorno habitual hacia un espacio social que les resulta cercano y ajeno al mismo tiempo. Durante esa noche, los tres jóvenes se enfrentan a tensiones de clase, deseo, racismo cotidiano y expectativas frustradas que pondrán a prueba su amistad.

Las hermanas Rodríguez Colás regresan a un territorio que ya conocen bien: la periferia como espacio vital, no como decorado de miseria ni como postal sociológica. Hermanos apuesta por un naturalismo cercano, atento al lenguaje de la calle, a los códigos de grupo y a esa mezcla de orgullo, vergüenza, rabia y ternura que atraviesa la adolescencia. La película funciona mejor cuando observa a sus jóvenes protagonistas sin convertirlos en símbolos. Badr Oubahassou, Omar Mills y Pau Márquez aportan una frescura esencial: sus personajes respiran verdad cuando hablan, cuando se desafían, cuando presumen y cuando se sienten pequeños ante un mundo que les recuerda constantemente de dónde vienen.

Hermanos tiene el mérito de colocar el racismo y la desigualdad en situaciones cotidianas, sin necesidad de grandes discursos. Una pregunta aparentemente inocente, una mirada en una fiesta, una diferencia de acento, ropa o domicilio bastan para que el suelo se mueva bajo los pies de los personajes. La película quizá subraya demasiado algunas ideas y no siempre alcanza toda la profundidad dramática que promete, pero acierta en algo importante: mostrar que la amistad adolescente también es una forma de resistencia. Ayman, Eric y Rober no tienen todavía las palabras para explicar del todo lo que les ocurre, pero sí tienen un vínculo. Y a veces, en esa edad incierta, un vínculo puede ser lo más parecido a una casa.

🎬 La opinión del Sr. Director

Magallanes y Hermanos podrían parecer dos películas sin contacto posible: una se abre al siglo XVI, al mar, a la conquista y a los fantasmas de la historia; la otra se mueve por la Barcelona contemporánea, entre adolescentes que solo quieren ir a una fiesta y descubrir quiénes son. Pero las dos hablan de desplazamientos atravesados por el poder. Magallanes viaja convencido de que el mundo puede ser nombrado, poseído y convertido. Ayman y sus amigos viajan apenas unos barrios, pero descubren que también en una ciudad moderna existen territorios donde uno entra sintiéndose observado.

La grandeza de esta combinación está en su contraste. Lav Diaz mira la Historia con mayúsculas para desmontar su relato heroico. Carol y Marina Rodríguez Colás miran una noche adolescente para revelar las heridas pequeñas, repetidas y persistentes de la desigualdad. Una película habla de imperios; la otra, de chicos que buscan su lugar. Pero ambas nos recuerdan que no hay viaje inocente cuando el mundo ya está repartido antes de que uno empiece a caminar.

Esta semana, el cine nos deja una imagen doble: un barco que avanza hacia la historia y tres muchachos que cruzan la ciudad buscando una promesa de pertenencia. En ambos casos, el destino no está solo al final del trayecto, sino en todo lo que el camino revela. Nos vemos entre butacas. 🎬✨