Estrenos de la semana
Todo lo que una casa termina por contar
Hay casas que protegen y casas que terminan convirtiéndose en una prueba. Esta semana, La invitación encierra a cuatro adultos alrededor de una mesa hasta que las buenas maneras dejan de bastar, mientras El mal hijo lleva a un niño a convivir con una abuela casi desconocida y con una historia familiar que nadie ha sabido ordenar del todo. Olivia Wilde se sirve de la comedia para desnudar una pareja; Jaime Lorente prefiere la aspereza de un drama rural. En ambas, cerrar la puerta al mundo exterior significa quedarse a solas con aquello que ya no puede seguir evitándose.
La invitación (The Invite)
Joe y Angela atraviesan uno de esos momentos del matrimonio en los que la rutina parece haber ocupado el lugar del deseo. Una noche reciben en su apartamento a los vecinos de arriba, Hawk y Piña, una pareja mucho más desinhibida y aparentemente satisfecha. Lo que comienza como una cena cordial deriva poco a poco en confesiones, provocaciones y preguntas que obligan a los cuatro a enfrentarse a aspectos de sus relaciones que preferían mantener fuera de la conversación.
Olivia Wilde conserva la naturaleza teatral del material original y entiende que buena parte de su fuerza depende de no escapar del apartamento. La cámara se mueve entre los personajes, las distancias se acortan y el montaje va cambiando el peso de cada conversación mientras el alcohol y la confianza hacen su trabajo. Seth Rogen y la propia Wilde construyen una pareja reconociblemente desgastada, mientras Edward Norton y Penélope Cruz introducen una energía más imprevisible. Cruz, en particular, convierte la espontaneidad de Piña en algo más complejo que una simple provocación sexual: bajo su desenvoltura hay también una forma distinta de entender la intimidad.
La película funciona mejor cuando deja de preocuparse por la ocurrencia y observa el pequeño teatro que construimos delante de otras parejas. Compararse con los vecinos significa comparar también deseos, frustraciones y versiones idealizadas de la felicidad ajena. No todo el humor alcanza la misma precisión, pero Wilde encuentra algo verdadero detrás de la incomodidad: una pareja puede conocerse durante años y seguir sin haberse formulado las preguntas importantes. Lo divertido es escuchar cómo empiezan a hacerlas. Lo menos divertido, quizá, es reconocer alguna respuesta.
El mal hijo
Rubén tiene once años cuando la desaparición de su padre lo obliga a trasladarse con una abuela a la que apenas conoce. En un entorno rural alejado de la vida que llevaba hasta entonces, ambos deben aprender a convivir mientras el muchacho empieza a descubrir que la historia de su familia está hecha de ausencias, adicciones, abandonos y asuntos nunca resueltos. El relato acompaña también a Rubén en su crecimiento, cuando aquello que presenció de niño empieza a adquirir un significado diferente.
Para su debut detrás de la cámara, Jaime Lorente elige un camino bastante alejado del escaparate de la celebridad que podría haberle resultado más cómodo. Su puesta en escena es seca, contenida y poco complaciente. La fotografía de Elías M. Félix aprovecha la escasez de luz y el paisaje de la huerta murciana para construir un mundo detenido, mientras la narración atraviesa distintas generaciones sin buscar embellecerlas. Susi Sánchez aporta el centro emocional de la película con una interpretación que rehúye el personaje de abuela protectora convencional: en ella conviven dureza, cansancio, afecto y una capacidad práctica para enfrentarse a lo que otros han abandonado.
El mal hijo quiere hablar de aquello que los adultos dejan a los hijos sin darse cuenta: no solo recuerdos, sino maneras de relacionarse, culpas, dependencias y formas de huir. Lorente acumula quizá demasiadas cuestiones y no todas alcanzan la misma profundidad, pero hay convicción en su mirada y una saludable negativa a convertir el sufrimiento en espectáculo. Su mejor intuición consiste en contar la familia desde quien todavía está aprendiendo qué significa formar parte de ella. Rubén no recibe un pasado explicado; recibe sus consecuencias. Crecer será decidir qué hacer con ellas.
🎬 La opinión del Sr. Director
Olivia Wilde y Jaime Lorente filman dos hogares muy diferentes, pero en ninguno resulta posible esconderse durante demasiado tiempo. En La invitación, cuatro adultos descubren que hablar sinceramente puede ser mucho más peligroso que desear; en El mal hijo, un niño comprende que pertenecer a una familia significa recibir también aquello que nadie supo resolver antes de su llegada.
Una película utiliza la risa para abrir grietas; la otra, la quietud para observar lo que queda dentro de ellas. Tal vez por eso hacen buena compañía esta semana: ambas recuerdan que las paredes guardan poco. Tarde o temprano, alguien acaba diciendo lo que ocurre dentro.
El cine entra en las casas para mostrarnos lo que a veces ni siquiera sus habitantes se atreven a mirar.
Nos vemos entre butacas.









