viernes, 16 de octubre de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

Estrenos de la semana

Todo lo que una casa termina por contar

Hay casas que protegen y casas que terminan convirtiéndose en una prueba. Esta semana, La invitación encierra a cuatro adultos alrededor de una mesa hasta que las buenas maneras dejan de bastar, mientras El mal hijo lleva a un niño a convivir con una abuela casi desconocida y con una historia familiar que nadie ha sabido ordenar del todo. Olivia Wilde se sirve de la comedia para desnudar una pareja; Jaime Lorente prefiere la aspereza de un drama rural. En ambas, cerrar la puerta al mundo exterior significa quedarse a solas con aquello que ya no puede seguir evitándose.

La invitación (The Invite)

Joe y Angela atraviesan uno de esos momentos del matrimonio en los que la rutina parece haber ocupado el lugar del deseo. Una noche reciben en su apartamento a los vecinos de arriba, Hawk y Piña, una pareja mucho más desinhibida y aparentemente satisfecha. Lo que comienza como una cena cordial deriva poco a poco en confesiones, provocaciones y preguntas que obligan a los cuatro a enfrentarse a aspectos de sus relaciones que preferían mantener fuera de la conversación.

Olivia Wilde conserva la naturaleza teatral del material original y entiende que buena parte de su fuerza depende de no escapar del apartamento. La cámara se mueve entre los personajes, las distancias se acortan y el montaje va cambiando el peso de cada conversación mientras el alcohol y la confianza hacen su trabajo. Seth Rogen y la propia Wilde construyen una pareja reconociblemente desgastada, mientras Edward Norton y Penélope Cruz introducen una energía más imprevisible. Cruz, en particular, convierte la espontaneidad de Piña en algo más complejo que una simple provocación sexual: bajo su desenvoltura hay también una forma distinta de entender la intimidad.

La película funciona mejor cuando deja de preocuparse por la ocurrencia y observa el pequeño teatro que construimos delante de otras parejas. Compararse con los vecinos significa comparar también deseos, frustraciones y versiones idealizadas de la felicidad ajena. No todo el humor alcanza la misma precisión, pero Wilde encuentra algo verdadero detrás de la incomodidad: una pareja puede conocerse durante años y seguir sin haberse formulado las preguntas importantes. Lo divertido es escuchar cómo empiezan a hacerlas. Lo menos divertido, quizá, es reconocer alguna respuesta.

El mal hijo

Rubén tiene once años cuando la desaparición de su padre lo obliga a trasladarse con una abuela a la que apenas conoce. En un entorno rural alejado de la vida que llevaba hasta entonces, ambos deben aprender a convivir mientras el muchacho empieza a descubrir que la historia de su familia está hecha de ausencias, adicciones, abandonos y asuntos nunca resueltos. El relato acompaña también a Rubén en su crecimiento, cuando aquello que presenció de niño empieza a adquirir un significado diferente.

Para su debut detrás de la cámara, Jaime Lorente elige un camino bastante alejado del escaparate de la celebridad que podría haberle resultado más cómodo. Su puesta en escena es seca, contenida y poco complaciente. La fotografía de Elías M. Félix aprovecha la escasez de luz y el paisaje de la huerta murciana para construir un mundo detenido, mientras la narración atraviesa distintas generaciones sin buscar embellecerlas. Susi Sánchez aporta el centro emocional de la película con una interpretación que rehúye el personaje de abuela protectora convencional: en ella conviven dureza, cansancio, afecto y una capacidad práctica para enfrentarse a lo que otros han abandonado.

El mal hijo quiere hablar de aquello que los adultos dejan a los hijos sin darse cuenta: no solo recuerdos, sino maneras de relacionarse, culpas, dependencias y formas de huir. Lorente acumula quizá demasiadas cuestiones y no todas alcanzan la misma profundidad, pero hay convicción en su mirada y una saludable negativa a convertir el sufrimiento en espectáculo. Su mejor intuición consiste en contar la familia desde quien todavía está aprendiendo qué significa formar parte de ella. Rubén no recibe un pasado explicado; recibe sus consecuencias. Crecer será decidir qué hacer con ellas.

🎬 La opinión del Sr. Director

Olivia Wilde y Jaime Lorente filman dos hogares muy diferentes, pero en ninguno resulta posible esconderse durante demasiado tiempo. En La invitación, cuatro adultos descubren que hablar sinceramente puede ser mucho más peligroso que desear; en El mal hijo, un niño comprende que pertenecer a una familia significa recibir también aquello que nadie supo resolver antes de su llegada.

Una película utiliza la risa para abrir grietas; la otra, la quietud para observar lo que queda dentro de ellas. Tal vez por eso hacen buena compañía esta semana: ambas recuerdan que las paredes guardan poco. Tarde o temprano, alguien acaba diciendo lo que ocurre dentro.

El cine entra en las casas para mostrarnos lo que a veces ni siquiera sus habitantes se atreven a mirar.
Nos vemos entre butacas.

viernes, 9 de octubre de 2026

Los viernes, al cine: estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Vidas reducidas a una cifra, vidas buscando un lugar

Hay semanas en las que dos películas parecen encontrarse en un punto que ninguna había previsto. Naza observa la guerra desde quienes conocen por dentro los mecanismos capaces de convertir una vida civil en un cálculo previo a un ataque. Ceniza en la boca mira a quienes abandonan su país creyendo que al otro lado de la frontera comenzará una vida mejor. Una habla de personas convertidas en estadísticas; la otra, de personas obligadas a demostrar una y otra vez que merecen un lugar. En ambas queda una pregunta incómoda: cuánto tarda una sociedad en dejar de ver a alguien como individuo.

Naza

Naza, dirigida por Yuval Abraham y Rachel Szor, reúne los testimonios de veinticuatro miembros y antiguos miembros de las fuerzas armadas y de los servicios de inteligencia israelíes. Filmados principalmente de noche y con sus identidades protegidas, explican procedimientos utilizados durante la guerra de Gaza para localizar objetivos, vigilar a sospechosos y calcular de antemano el número de civiles que podían morir durante determinados ataques. La película reconstruye estos sistemas a partir de entrevistas e investigaciones periodísticas desarrolladas junto a medios como The Guardian, +972 Magazine y Local Call.

Abraham y Szor toman una decisión formal decisiva: renuncian casi por completo a convertir la violencia en espectáculo. No necesitan mostrarnos una sucesión de explosiones porque su material más perturbador está en las palabras y en el tono casi administrativo con el que algunos testimonios describen decisiones de consecuencias irreversibles. Las azoteas nocturnas de Tel Aviv, los rostros ocultos y los largos silencios crean una atmósfera austera, cercana al cine de investigación. El documental formula una acusación muy grave sobre el funcionamiento de determinadas operaciones militares israelíes; las autoridades y el ejército israelí han rechazado sus conclusiones y han calificado la película de engañosa. Esa controversia no elimina la fuerza cinematográfica de un trabajo que obliga a escuchar cómo quienes participaron en esos sistemas explican su funcionamiento.

El Premio Especial del Jurado obtenido en Venecia resulta comprensible ante una película que encuentra su potencia precisamente en la ausencia de énfasis. Naza habla menos del instante de la destrucción que del proceso que la hace posible: clasificar, calcular, autorizar, convertir una decisión humana en procedimiento. Su pregunta más inquietante no pertenece únicamente a este conflicto. Tiene que ver con nuestra capacidad para acostumbrarnos al sufrimiento ajeno cuando una palabra técnica consigue alejarlo lo suficiente. El documental no permite esa distancia. Nos obliga a devolver una persona a cada cifra.

Ceniza en la boca

Ceniza en la boca, dirigida por Diego Luna, sigue a Lucila, una joven mexicana que viaja a Madrid junto a su hermano Diego para reunirse con su madre, que emigró a España ocho años antes y trabaja sin regularizar su situación para mantener a la familia. El reencuentro no se parece a aquello que los hermanos habían imaginado. La precariedad, el cansancio y los años de separación han transformado a todos, y Lucila debe encontrar su lugar en una ciudad nueva mientras intenta mantener unida una familia que llega al encuentro cargando demasiado pasado.

Diego Luna evita convertir la migración en un discurso general y concentra la película en sus consecuencias íntimas. La cámara permanece cerca de Lucila, de su desorientación y de esa sensación de estar siempre llegando a lugares donde nadie parece esperarla del todo. Anna Díaz sostiene el relato con una interpretación contenida, acompañada por Adriana Paz en el papel de una madre marcada por años de supervivencia. Madrid aparece sin postal turística: estaciones, viviendas pequeñas, empleos precarios y calles llenas de gente donde resulta posible sentirse completamente sola.

Ceniza en la boca entiende algo que a menudo queda fuera de las historias sobre emigración: marcharse no significa dejar atrás una vida y comenzar otra limpia. Uno lleva consigo las ausencias, los reproches y el tiempo perdido. Lucila no busca únicamente integrarse en España; intenta comprender a una madre que tuvo que marcharse para protegerla y que, al hacerlo, también dejó una herida. Diego Luna encuentra aquí una emoción sin sentimentalismo fácil. La verdadera frontera de la película no está entre México y España, sino entre las personas que se quieren y ya no saben cómo volver a reconocerse.

🎬 La opinión del Sr. Director

Naza y Ceniza en la boca colocan el foco en personas cuya existencia puede quedar reducida a categorías: daño colateral, inmigrante, irregular, víctima. El cine hace justamente lo contrario. Devuelve rostro, voz, historia y contradicciones a aquello que el lenguaje administrativo simplifica.

Abraham y Szor investigan cómo una estructura puede deshumanizar. Diego Luna observa qué ocurre después, cuando alguien cruza una frontera intentando recuperar un futuro. Son películas difíciles por razones distintas, pero ambas reivindican algo elemental: mirar de cerca antes de juzgar desde lejos.

Quizá una película no pueda reparar el mundo, pero todavía puede impedir que dejemos de mirar a quienes lo sufren.
Nos vemos entre butacas.

viernes, 2 de octubre de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

El precio de quererlo todo

Dos películas muy distintas colocan esta semana el deseo bajo sospecha. Digger mira hacia las alturas del poder, donde un magnate convencido de controlar el mundo descubre que sus actos pueden conducirlo al desastre. Nuda propiedad baja hasta un problema mucho más cotidiano: conseguir una casa cuando tener un techo se ha convertido en una carrera de obstáculos. Iñárritu trabaja desde la sátira desmesurada; Alberto Utrera, desde una comedia negra reconociblemente española. En ambos casos, detrás de la ambición aparece una pregunta incómoda: cuánto estamos dispuestos a sacrificar para conseguir aquello que creemos necesitar.

Digger

Digger, dirigida por Alejandro G. Iñárritu, presenta a Digger Rockwell, un magnate del petróleo situado entre los hombres más poderosos del planeta. Cuando una de sus operaciones provoca una catástrofe capaz de poner en peligro a la humanidad, Rockwell emprende una frenética campaña para reparar el daño y presentarse ante el mundo como su salvador. Rodeado de políticos, científicos, asesores y otros representantes de las élites, el protagonista intenta controlar tanto las consecuencias del desastre como el relato público de lo sucedido.

Iñárritu abandona aquí la gravedad más solemne de El renacido para abrazar una sátira deliberadamente excesiva. Emmanuel Lubezki vuelve a acompañarlo en la fotografía y la puesta en escena convierte el caos en espectáculo: movimientos amplios, deformaciones visuales, teatralidad y personajes que parecen avanzar siempre a un paso de la caricatura. Tom Cruise acepta ese juego con una entrega inhabitual, escondiendo buena parte de su imagen de estrella bajo maquillaje y gestos desmesurados. Frente a él, Riz Ahmed, Sandra Hüller, John Goodman y Jesse Plemons forman un coro donde ciencia, política, negocio y comunicación compiten por imponer su propia versión de la realidad.

Digger es una película de difícil equilibrio. Su exceso puede resultar estimulante o agotador según cuánto se acepte la apuesta de Iñárritu por convertir el fin del mundo en una farsa. Pero detrás del ruido hay una idea especialmente pertinente: quienes provocan una crisis suelen ser también quienes intentan apropiarse de su solución. Digger no quiere únicamente corregir el desastre; necesita seguir siendo el protagonista. Y en ese narcisismo encuentra la película su mejor mordiente: una sociedad capaz de convertir incluso la catástrofe en una campaña de imagen.

Nuda propiedad

Nuda propiedad, dirigida por Alberto Utrera, sigue a Vera y Lucas, una pareja cercana a los cuarenta que ve cada vez más imposible acceder a una vivienda. La oportunidad aparece cuando encuentran un gran piso a un precio asumible mediante una operación de nuda propiedad: ellos adquieren el inmueble, pero Jesús, su anciano propietario, conservará el derecho a vivir en él hasta su muerte. Lo que parecía una solución perfecta comienza a torcerse cuando Jesús, aparentemente muy enfermo, demuestra una vitalidad inesperada y la impaciencia de la pareja empieza a transformar sus expectativas en algo mucho más oscuro.

Alberto Utrera parte de un problema real para construir una comedia en la tradición de esa España cinematográfica donde una necesidad económica termina conduciendo a personajes corrientes hacia situaciones moralmente disparatadas. Resulta inevitable pensar en la sombra de Berlanga, Azcona o El pisito, aunque la película traslada esa tradición a una generación marcada por alquileres imposibles y una estabilidad que siempre parece aplazada. Susana Abaitua y Maxi Iglesias funcionan precisamente porque Vera y Lucas no nacen como personajes perversos: son dos ciudadanos normales a los que la frustración empieza a deformar.

Ahí está el verdadero hallazgo de Nuda propiedad. La película no necesita inventar un villano porque el antagonista ya existe: un mercado que convierte el deseo de tener hogar en una fuente permanente de ansiedad. El humor negro surge cuando la pareja empieza a mirar la longevidad de otro ser humano como un problema financiero. Utrera lleva esa contradicción hacia el absurdo y, aunque el relato se adentra después en terrenos más convencionales de comedia criminal, permanece una sensación incómoda: cuando una necesidad básica se vuelve inaccesible, incluso personas razonables pueden empezar a fantasear con soluciones poco razonables.

🎬 La opinión del Sr. Director

Digger mira a un hombre que posee casi todo y todavía necesita más. Nuda propiedad observa a dos personas que apenas quieren conseguir algo tan elemental como una casa. Entre ambos extremos aparece una misma enfermedad: cuando el deseo se convierte en obsesión, nuestra forma de mirar a los demás empieza a cambiar.

Iñárritu convierte al poderoso en bufón; Utrera convierte al ciudadano corriente en sospechoso de sus propios pensamientos. Dos comedias oscuras que quizá nos hagan reír antes de preguntarnos de qué nos estamos riendo.

A veces el cine nos hace reír para que bajemos la guardia y podamos reconocernos en aquello que preferiríamos negar. Nos vemos entre butacas.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Sobrevivir para poder contarlo

Hay películas que entienden la supervivencia como una cuestión física y otras que la sitúan en la memoria. La bola negra atraviesa casi un siglo de historia española para preguntarse qué ocurre con los deseos, los amores y las identidades condenados durante demasiado tiempo al silencio. En el corazón de la bestia, en cambio, reduce el mundo a un hombre, un perro y una naturaleza que no concede privilegios. Los Javis miran hacia aquello que una sociedad quiso borrar; David Ayer, hacia lo que queda de una persona cuando todo lo demás desaparece. Dos formas muy distintas de intentar regresar con vida.

La bola negra

La bola negra, escrita y dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, conecta las vidas de tres hombres homosexuales separados por el tiempo. Sus historias transcurren en 1932, 1937 y 2017 y quedan unidas por el deseo, la sexualidad, la pérdida y una herencia emocional que atraviesa generaciones. En el centro del relato aparece la huella de Federico García Lorca y, especialmente, una obra teatral que dejó inacabada y de la que apenas sobrevivieron unas páginas. A partir de ese vacío, la película imagina vidas y afectos que la historia oficial dejó muchas veces fuera de campo.

Los Javis afrontan su proyecto más ambicioso con una estructura en tres tiempos y una puesta en escena que alterna intimidad, melodrama, guerra, música y una clara vocación de gran espectáculo. Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González y Milo Quifes ocupan el centro de un reparto en el que también aparecen Lola Dueñas, Penélope Cruz y Glenn Close. La película no intenta convertir a Lorca en protagonista de un biopic, sino utilizar su ausencia y su imaginario como hilo conductor. La fotografía, el vestuario y la música construyen épocas distintas sin romper la continuidad emocional entre ellas, mientras el relato insiste en aquello que permanece cuando cambian los años: el miedo a vivir abiertamente y la necesidad de ser reconocido por otro.

La ambición juega a favor y en contra de La bola negra. Hay momentos en los que la emoción parece necesitar más espacio y menos énfasis, pero también secuencias capaces de justificar el tamaño de la apuesta. Lo mejor aparece cuando el artificio se aparta y queda una verdad sencilla: hubo personas a las que se negó incluso la posibilidad de nombrar su amor. Los Javis no filman esa memoria como una pieza de museo, sino como algo todavía presente. Y ahí la película encuentra su sentido más profundo: no recordar únicamente a quienes no pudieron vivir como deseaban, sino preguntarse qué hacemos nosotros con la libertad que ellos no tuvieron.

En el corazón de la bestia

En el corazón de la bestia, dirigida por David Ayer, sigue a James Belmont, un antiguo oficial de las Fuerzas Especiales que queda aislado en la naturaleza salvaje de Alaska tras un accidente aéreo. A su lado permanece Odin, su perro de combate. Heridos y lejos de cualquier ayuda, ambos deben enfrentarse al frío, el hambre, los animales salvajes y un terreno hostil mientras intentan encontrar el camino de regreso. Para James, la lucha exterior se mezcla además con las secuelas de una vida marcada por el combate.

David Ayer sorprende aquí al alejarse parcialmente de la agresividad urbana y militar que ha caracterizado buena parte de su filmografía. La película respira con otro ritmo. Hay aventura, peligro y suspense, pero también largos momentos en los que Brad Pitt queda frente al paisaje y frente a Odin, sin más diálogo que el de dos seres que dependen el uno del otro. La cámara aprovecha la escala de las montañas y los bosques para reducir al protagonista a su verdadera dimensión: un cuerpo vulnerable en medio de algo infinitamente mayor. Pitt sostiene ese minimalismo con oficio y presencia, mientras el perro deja de funcionar como mero acompañante para convertirse en verdadero compañero dramático.

En el corazón de la bestia no reinventa el cine de supervivencia y tampoco parece buscarlo. Sus referencias resultan reconocibles, desde las historias clásicas del hombre frente a la naturaleza hasta películas como Náufrago o Cuando todo está perdido. Pero Ayer encuentra una emoción propia en el vínculo entre James y Odin. La película comprende algo elemental: cuando desaparecen las comodidades, los uniformes y las certezas, la lealtad deja de ser una palabra solemne y se convierte en una cuestión práctica. Compartir calor, esperar, proteger al otro. Sobrevivir juntos porque hacerlo solo quizá ya no tenga sentido.

🎬 La opinión del Sr. Director

Pocas veces dos estrenos tan diferentes permiten una conversación tan limpia. La bola negra habla de sobrevivir al silencio de una época. En el corazón de la bestia, de sobrevivir a un territorio que no conoce nuestra historia ni nuestras heridas. En la primera, mantenerse vivo significa conseguir que una memoria llegue hasta quienes vienen después. En la segunda, consiste simplemente en alcanzar el día siguiente.

Los Javis miran hacia quienes tuvieron que esconder una parte esencial de sí mismos. Ayer mira a un hombre despojado de casi todo salvo la compañía de un animal que confía en él. Una película reivindica el derecho a haber existido; la otra descubre cuánto puede valer una presencia cuando el mundo se queda vacío. Quizá ambas terminen diciendo algo parecido: nadie atraviesa completamente solo aquello que puede destruirlo.

Esta semana entramos en la sala para recordar a quienes tuvieron que esconderse y para acompañar a quien intenta regresar desde el confín del mundo. Dos historias de resistencia que nos recuerdan que sobrevivir es importante, pero encontrar a alguien —o algo— por quien hacerlo puede ser todavía más decisivo. Nos vemos entre butacas. 🎬✨