El Macondo de Gabo blog
domingo, 12 de julio de 2026
domingo, 5 de julio de 2026
viernes, 3 de julio de 2026
Los viernes, al cine: Estrenos de la semana
Estrenos de la semana
Viajes, fronteras y lugares que no siempre nos pertenecen
Esta semana la cartelera nos invita a mirar dos viajes muy distintos. En Magallanes, Lav Diaz revisa una de las grandes expediciones de la historia desde una mirada lenta, incómoda y desmitificadora. En Hermanos, Carol y Marina Rodríguez Colás acompañan a tres adolescentes desde la periferia de Barcelona hasta una fiesta en la zona alta, convirtiendo ese pequeño desplazamiento urbano en un mapa de clase, deseo y pertenencia. Una película cruza océanos; la otra cruza barrios. Pero ambas hablan de lo mismo: de quién puede moverse por el mundo sintiéndose dueño de su destino y quién descubre, demasiado pronto, que toda frontera tiene guardianes visibles e invisibles.
Magallanes
Magallanes, dirigida y escrita por Lav Diaz, sigue al navegante portugués Fernando de Magallanes en los años previos y durante la expedición que buscaba abrir una nueva ruta hacia Oriente bajo el patrocinio de la Corona española. El viaje, marcado por el hambre, los motines, la tensión religiosa y el agotamiento de la tripulación, se transforma progresivamente en una travesía física y moral. Al llegar al archipiélago malayo, la voluntad de conquista y conversión de Magallanes provoca enfrentamientos que revelan la violencia oculta bajo el relato heroico de la exploración.
Lav Diaz no filma la aventura como conquista luminosa, sino como un territorio de espera, fanatismo y desgaste. Frente a la épica tradicional, su película trabaja la quietud: los tiempos muertos, los silencios, la inmovilidad del mar, la respiración pesada de los cuerpos y esa sensación de que la historia avanza no por grandes gestas, sino por acumulación de heridas. Gael García Bernal compone un Magallanes contenido, obsesivo, más cercano al hombre arrastrado por una misión espiritual que al héroe de manual escolar. La película encuentra su fuerza precisamente en esa renuncia al espectáculo fácil: la acción queda contenida, casi reprimida, mientras el paisaje y la duración van revelando la sombra colonial del viaje.
Lo más valioso de Magallanes está en su voluntad de mirar el mito desde el reverso. Diaz no parece interesado en celebrar el descubrimiento, sino en preguntarse qué precio humano, cultural y espiritual hubo detrás de esa palabra. Su cine, incluso aquí en una duración más accesible que otros trabajos suyos, mantiene una gravedad hipnótica. La película exige paciencia, pero recompensa con una lectura poderosa: la historia no siempre se escribe con mapas y nombres gloriosos; a veces se escribe con cuerpos sometidos, lenguas silenciadas y una cruz utilizada como permiso para la violencia. Magallanes no engrandece la expedición: la vuelve inquietante.
Hermanos
Hermanos, dirigida por Carol Rodríguez Colás y Marina Rodríguez Colás, sigue a Ayman, un adolescente marroquí que asiste a la fiesta de cumpleaños de Sara, una joven catalana, en la casa donde trabaja su madre como empleada doméstica. Acompañado por sus amigos Eric y Rober, emprende un recorrido desde su entorno habitual hacia un espacio social que les resulta cercano y ajeno al mismo tiempo. Durante esa noche, los tres jóvenes se enfrentan a tensiones de clase, deseo, racismo cotidiano y expectativas frustradas que pondrán a prueba su amistad.
Las hermanas Rodríguez Colás regresan a un territorio que ya conocen bien: la periferia como espacio vital, no como decorado de miseria ni como postal sociológica. Hermanos apuesta por un naturalismo cercano, atento al lenguaje de la calle, a los códigos de grupo y a esa mezcla de orgullo, vergüenza, rabia y ternura que atraviesa la adolescencia. La película funciona mejor cuando observa a sus jóvenes protagonistas sin convertirlos en símbolos. Badr Oubahassou, Omar Mills y Pau Márquez aportan una frescura esencial: sus personajes respiran verdad cuando hablan, cuando se desafían, cuando presumen y cuando se sienten pequeños ante un mundo que les recuerda constantemente de dónde vienen.
Hermanos tiene el mérito de colocar el racismo y la desigualdad en situaciones cotidianas, sin necesidad de grandes discursos. Una pregunta aparentemente inocente, una mirada en una fiesta, una diferencia de acento, ropa o domicilio bastan para que el suelo se mueva bajo los pies de los personajes. La película quizá subraya demasiado algunas ideas y no siempre alcanza toda la profundidad dramática que promete, pero acierta en algo importante: mostrar que la amistad adolescente también es una forma de resistencia. Ayman, Eric y Rober no tienen todavía las palabras para explicar del todo lo que les ocurre, pero sí tienen un vínculo. Y a veces, en esa edad incierta, un vínculo puede ser lo más parecido a una casa.
🎬 La opinión del Sr. Director
Magallanes y Hermanos podrían parecer dos películas sin contacto posible: una se abre al siglo XVI, al mar, a la conquista y a los fantasmas de la historia; la otra se mueve por la Barcelona contemporánea, entre adolescentes que solo quieren ir a una fiesta y descubrir quiénes son. Pero las dos hablan de desplazamientos atravesados por el poder. Magallanes viaja convencido de que el mundo puede ser nombrado, poseído y convertido. Ayman y sus amigos viajan apenas unos barrios, pero descubren que también en una ciudad moderna existen territorios donde uno entra sintiéndose observado.
La grandeza de esta combinación está en su contraste. Lav Diaz mira la Historia con mayúsculas para desmontar su relato heroico. Carol y Marina Rodríguez Colás miran una noche adolescente para revelar las heridas pequeñas, repetidas y persistentes de la desigualdad. Una película habla de imperios; la otra, de chicos que buscan su lugar. Pero ambas nos recuerdan que no hay viaje inocente cuando el mundo ya está repartido antes de que uno empiece a caminar.
Esta semana, el cine nos deja una imagen doble: un barco que avanza hacia la historia y tres muchachos que cruzan la ciudad buscando una promesa de pertenencia. En ambos casos, el destino no está solo al final del trayecto, sino en todo lo que el camino revela. Nos vemos entre butacas. 🎬✨
domingo, 28 de junio de 2026
viernes, 26 de junio de 2026
Los viernes, al cine: Estrenos de la semana
Estrenos de la semana
Canciones peligrosas, deseos que muerden
La cartelera de esta semana nos propone dos películas que, en apariencia, pertenecen a mundos muy distintos: el terror juvenil de Obsession y la comedia musical irlandesa de Letras robadas, título español de Power Ballad. Una convierte el deseo amoroso en una maldición; la otra transforma una canción en territorio de disputa, orgullo y ambición. Pero ambas comparten una misma inquietud: qué ocurre cuando aquello que nace como anhelo íntimo —ser amado, ser reconocido, ser escuchado— se convierte en una fuerza capaz de deformarnos.
Obsession
Obsession, escrita y dirigida por Curry Barker, sigue a Bear, un joven romántico y socialmente torpe que lleva tiempo enamorado de Nikki, su compañera y amiga. Incapaz de aceptar que ese deseo no sea correspondido, Bear recurre a un misterioso objeto llamado “One Wish Willow”, convencido de que podrá conseguir que Nikki se enamore de él. El deseo se cumple, pero no de la forma esperada: la atracción se transforma en una obsesión cada vez más violenta, asfixiante y peligrosa, empujando a ambos hacia una relación dominada por el miedo, la dependencia y la pérdida de control.
Curry Barker construye su película desde una premisa casi de cuento moral, cercana a La pata del mono, pero la traslada al territorio de la ansiedad contemporánea. El resultado es una mezcla de terror sobrenatural, sátira de la comedia romántica y retrato incómodo del amor entendido como posesión. La puesta en escena tiene nervio, sentido del ritmo y una energía propia del cine nacido en los márgenes digitales: Barker sabe provocar tensión, sabe utilizar el humor negro y sabe convertir una situación aparentemente absurda en una pesadilla emocional. Michael Johnston e Inde Navarrette sostienen el centro de la película desde dos posiciones opuestas: él como figura patética y peligrosa del deseo frustrado; ella como cuerpo atrapado en las consecuencias de una fantasía ajena.
Lo más inquietante de Obsession no está en su elemento mágico, sino en lo reconocible de su monstruo. La película entiende que una parte del imaginario romántico tradicional ha educado a demasiados personajes —y a demasiados espectadores— en la idea de que insistir es amar, de que no aceptar un no es una prueba de pasión, de que el deseo masculino merece recompensa por el simple hecho de existir. Barker convierte esa lógica en horror físico. La película puede ser excesiva, incluso irregular en su acumulación de golpes, pero acierta cuando muestra que la obsesión no es una forma extrema del amor: es su negación más violenta.
Letras robadas
Letras robadas, título español de Power Ballad, dirigida por John Carney, presenta a Rick Power, un cantante de bodas venido a menos que arrastra una antigua frustración artística. Durante una noche de música y complicidad conoce a Danny Wilson, una estrella de antigua boy band que busca relanzar su carrera en solitario. De esa improvisada conexión nace una canción con potencial de éxito. Cuando Danny la convierte en un tema popular sin reconocer debidamente la autoría de Rick, la relación entre ambos se transforma en un conflicto de amistad, orgullo, talento y reconocimiento.
John Carney vuelve a uno de sus territorios naturales: la música como espacio de encuentro, reparación y conflicto. Desde Once hasta Begin Again o Sing Street, su cine ha entendido siempre que una canción no es solo una melodía, sino una conversación emocional que los personajes no sabrían mantener de otro modo. Aquí trabaja con una clave más luminosa y cómica, apoyado en la química entre Paul Rudd y Nick Jonas, pero bajo la ligereza late una pregunta amarga: quién merece el éxito, quién se queda en la sombra y cuánto daño puede provocar que una creación íntima sea convertida en producto sin respetar su origen.
Letras robadas tiene el encanto de esas películas que no pretenden cambiar el mundo, sino recordarnos que también necesitamos historias amables, bien afinadas y emocionalmente sinceras. Carney sabe caminar cerca del sentimentalismo sin caer del todo en él, porque sus personajes no son solo soñadores: también son vanidosos, inseguros, contradictorios. Rick no busca únicamente justicia; busca reparar una herida antigua de fracaso. Danny no es solo un ladrón de canciones; es alguien que teme descubrir que quizá su fama ya no basta. La película funciona mejor cuando entiende que la música no resuelve los conflictos, pero permite escucharlos con mayor claridad.
🎬 La opinión del Sr. Director
Obsession y Letras robadas hablan de deseos torcidos por la necesidad de posesión. Bear quiere ser amado, pero confunde el amor con la apropiación de una voluntad ajena. Rick quiere ser reconocido, pero descubre que la creación también puede ser arrebatada, manipulada y convertida en mercancía. Una película se mueve por pasillos de terror; la otra por escenarios, bodas y estudios musicales. Pero en ambas late una misma pregunta: qué hacemos cuando sentimos que aquello que más deseamos no nos pertenece.
La diferencia está en la salida que cada una ofrece. Obsession mira el deseo como una trampa que devora a quien intenta forzar la realidad. Letras robadas mira la ambición con más ternura, como una herida que aún puede ser cantada, compartida y quizá perdonada. Entre el hechizo siniestro de Barker y la melodía reparadora de Carney, la cartelera de esta semana nos recuerda que amar, crear o soñar solo tienen sentido cuando no destruyen la libertad del otro.
Esta semana, el cine nos deja una advertencia y una canción: cuidado con los deseos que exigen dueño, porque el amor y la música solo sobreviven cuando todavía pueden respirar libres. Nos vemos entre butacas. 🎬✨
domingo, 21 de junio de 2026
viernes, 19 de junio de 2026
Los viernes, al cine: Estrenos de la semana
Estrenos de la semana
Vivir de nuevo, jugar de nuevo
Esta semana destacamos de la cartelera de estreno dos películas que, desde lugares muy distintos, hablan de algo profundamente humano: la necesidad de recuperar el impulso de vivir. Viva lo hace desde el cuerpo adulto que ha conocido la enfermedad y desea volver a sentirlo todo con urgencia. Toy Story 5 lo hace desde unos juguetes que descubren que la infancia ya no les pertenece del mismo modo, desplazados por pantallas, dispositivos y nuevas formas de atención. Una mira hacia la madurez herida; la otra, hacia la niñez transformada. Pero ambas se preguntan qué ocurre cuando aquello que nos daba sentido empieza a escaparse.
Viva
Viva, dirigida por Aina Clotet, sigue a Nora, una mujer de cuarenta y pocos años que acaba de superar un cáncer de pecho. Tras enfrentarse a la posibilidad real de la muerte, Nora siente una necesidad urgente de recuperar el control de su vida y de vivir con una intensidad nueva. Dividida entre la estabilidad de Tom y la aparición de Max, un hombre más joven que despierta en ella deseo, riesgo y libertad, Nora inicia un recorrido emocional en el que la pasión, el miedo, la maternidad, el cuerpo y la identidad empiezan a confundirse.
Aina Clotet dirige, escribe y protagoniza una película que se mueve entre la comedia dramática, el relato íntimo y una reflexión física sobre lo que significa sobrevivir. Su mirada evita convertir la enfermedad en una ceremonia solemne y prefiere entrar en un territorio más incómodo: el de la vida después del diagnóstico, cuando el entorno espera gratitud, prudencia y serenidad, pero el cuerpo reclama deseo, desorden y movimiento. Viva encuentra su fuerza en esa contradicción. Nora no aparece como una heroína ejemplar, sino como una mujer desbordada por el simple hecho de seguir aquí.
Lo más interesante de la película está en su forma de entender la supervivencia no como un punto final, sino como un principio lleno de dudas. Superar una enfermedad no significa quedar purificada ni adquirir una sabiduría perfecta. A veces significa mirar alrededor y descubrir que la vida que una llevaba ya no basta. Clotet se atreve a filmar esa incomodidad con humor, sensualidad y cierta aspereza emocional. Viva habla de cicatrices, sí, pero sobre todo habla del vértigo de volver a desear cuando una ha tocado de cerca la fragilidad de su propio cuerpo.
Toy Story 5
Toy Story 5, dirigida por Andrew Stanton y codirigida por Kenna Harris, devuelve al espectador al universo de Woody, Buzz Lightyear, Jessie y el resto de los juguetes. En esta nueva entrega, la pandilla se enfrenta a un desafío distinto a los anteriores: la irrupción de la tecnología en la vida infantil. Los juguetes descubren que su lugar en la habitación y en la imaginación de los niños está amenazado por nuevos dispositivos capaces de captar la atención de una forma inmediata, brillante y absorbente.
Pixar sabe que volver a Toy Story implica caminar sobre un territorio emocional muy delicado. La saga ya había hablado del abandono, del paso del tiempo, de la pérdida de utilidad y de la despedida. Esta quinta entrega introduce una preocupación plenamente contemporánea: qué lugar queda para el juego físico, la imaginación compartida y los objetos queridos en una infancia cada vez más mediada por pantallas. Andrew Stanton, uno de los grandes narradores de Pixar, entiende bien esa mezcla de aventura, humor y melancolía que hizo grande a la franquicia. Su reto no consiste solo en emocionar, sino en justificar que estos personajes tenían todavía algo nuevo que decir.
La mejor lectura de Toy Story 5 no está en la nostalgia, aunque la película inevitablemente juega con ella, sino en la pregunta que deja flotando: ¿qué ocurre cuando incluso los juguetes, esos pequeños guardianes de la infancia, empiezan a sentirse sustituidos? Pixar vuelve a utilizar figuras aparentemente sencillas para hablar de una pérdida mayor. Woody, Buzz y Jessie no temen solo ser olvidados; temen que cambie el modo en que los niños imaginan el mundo. Y ahí la película encuentra su emoción más limpia: recordarnos que jugar no es perder el tiempo, sino ensayar la vida.
🎬 La opinión del Sr. Director
Viva y Toy Story 5 podrían parecer una pareja extraña para una misma sección, pero dialogan mejor de lo que aparentan. Nora quiere volver a sentir que la vida le pertenece después de haber rozado la muerte. Los juguetes de Pixar quieren seguir formando parte de una infancia que parece avanzar sin ellos. En ambos casos hay una misma herida: el miedo a quedar fuera del tiempo. Fuera del deseo. Fuera del juego. Fuera de aquello que nos hacía necesarios.
La película de Aina Clotet mira la existencia desde la urgencia adulta de quien ha comprendido que el cuerpo no es eterno. La de Pixar mira la infancia desde la melancolía de quienes saben que todo niño, tarde o temprano, cambia de habitación interior. Una habla de sobrevivir a la enfermedad; la otra, de sobrevivir al olvido. Y las dos, cada una con su lenguaje, nos recuerdan que vivir no consiste solo en seguir adelante, sino en encontrar de nuevo el lugar desde el que podemos decir: todavía estoy aquí.
Esta semana, el cine nos invita a mirar dos formas de resistencia: la de una mujer que quiere volver a encender su vida y la de unos juguetes que se niegan a dejar morir la imaginación. Nos vemos entre butacas. 🎬✨







