viernes, 29 de mayo de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Cuando el cuerpo revela lo que la palabra esconde

Esta semana la cartelera nos propone dos películas aparentemente alejadas: una visita familiar en Corea del Sur y una historia española sobre el deporte de alto rendimiento. Sin embargo, ¿Qué te dice esa naturaleza? y Corredora dialogan desde un mismo lugar: ese momento en que las apariencias empiezan a romperse y el cuerpo, la conversación o el silencio revelan una verdad que nadie quería mirar de frente. Una lo hace desde la ligereza venenosa de Hong Sang-soo; la otra, desde la presión física y emocional de una atleta al borde del derrumbe.

¿Qué te dice esa naturaleza?

¿Qué te dice esa naturaleza?, dirigida y escrita por Hong Sang-soo, sigue a Donghwa, un joven poeta de Seúl que acompaña a su novia Junhee a la casa familiar de ella. Su intención inicial es marcharse pronto, pero el encuentro casual con el padre de Junhee lo lleva a quedarse durante el día. Allí conoce también a la madre y a la hermana de su pareja, comparte paseos, comida, bebida y conversaciones, mientras la convivencia va dejando al descubierto tensiones personales y familiares.

Hong Sang-soo vuelve a trabajar con sus herramientas más reconocibles: pocos personajes, largas conversaciones, alcohol como detonante, gestos mínimos y una cámara que parece observar sin intervenir hasta que un zoom o un desplazamiento alteran discretamente el sentido de la escena. La película tiene la apariencia de una jornada sencilla, casi doméstica, pero bajo esa superficie late una comedia incómoda sobre la clase, la madurez y la imagen que cada uno quiere proyectar ante los demás. Donghwa llega como poeta sensible y algo desubicado; poco a poco, la casa, los suegros y la bebida van desmontando esa representación.

Lo admirable del cine de Hong es que nunca necesita grandes giros para dejar a sus criaturas en evidencia. Basta una comida, una frase mal colocada, una copa de más o un silencio demasiado largo. ¿Qué te dice esa naturaleza? parece preguntarse si vivir de acuerdo con una idea noble de uno mismo es realmente posible cuando el mundo nos devuelve una imagen menos generosa. Su humor es suave, pero no inocente; su crueldad es tranquila, pero certera. Hong filma como quien deja caer una piedra pequeña en un estanque y espera a que las ondas revelen la verdadera forma del agua.

Corredora

Corredora, dirigida por Laura García Alonso, presenta a Cris, una atleta de élite especializada en la competición de medio fondo. Su vida está marcada por el entrenamiento, la exigencia y la búsqueda del éxito, hasta que un brote psicótico la obliga a detenerse y alejarse de la alta competición. En ese proceso, su entorno familiar se convierte en un espacio decisivo, especialmente la relación con Natalia, su hermana, que intenta acompañarla mientras Cris debe aceptar una nueva forma de vivir.

Laura García Alonso aborda el deporte desde un ángulo poco habitual: no como relato de superación, sino como territorio de desgaste. La película no busca la épica de la meta ni el aplauso final, sino lo que ocurre cuando el cuerpo deja de obedecer al discurso del rendimiento. Su puesta en escena es sobria, contenida, más pendiente del temblor interior que del espectáculo deportivo. Alba Sáez sostiene a Cris desde una intensidad seca, física, sin convertir el sufrimiento en gesto melodramático. El atletismo aparece así como una disciplina donde cada segundo cuenta, pero también como una cárcel invisible construida con expectativas, miedo al fracaso y soledad.

Corredora tiene la virtud de no utilizar la enfermedad mental como simple recurso dramático. La observa con respeto, con incomodidad y con una conciencia clara de lo difícil que resulta acompañar a quien se rompe por dentro. Su mayor acierto está en desmontar la idea de que parar es fracasar. En una sociedad que confunde valor con resistencia infinita, la película defiende algo más frágil y más humano: aprender a vivir a otro ritmo. Cris no solo debe dejar de correr; debe descubrir quién es cuando ya no puede definirse únicamente por la velocidad, la marca o la victoria.

🎬 La opinión del Sr. Director

Estas dos películas hablan de personajes sometidos a una prueba que no siempre se ve desde fuera. Donghwa intenta sostener una imagen de sí mismo ante una familia que empieza a descubrir sus fisuras. Cris intenta sostener un cuerpo y una identidad que la competición ha llevado demasiado lejos. Una película se mueve entre conversaciones, comidas y silencios; la otra, entre entrenamientos, crisis y cuidado familiar. Pero ambas nos recuerdan que la verdad aparece muchas veces cuando dejamos de controlar el relato que queremos contar sobre nosotros mismos.

Quizá el cine sirva también para eso: para escuchar lo que dicen la naturaleza, el cuerpo y el cansancio cuando ya no podemos seguir fingiendo. Nos vemos entre butacas. 🎬✨

viernes, 22 de mayo de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Hogares imposibles, galaxias heridas

Esta semana la cartelera nos lleva de una galaxia lejana a un Líbano íntimo y convulso. En apariencia, Star Wars: The Mandalorian and Grogu y Un mundo frágil y maravilloso pertenecen a mundos irreconciliables: una se apoya en el imaginario de la aventura espacial y la otra en la memoria emocional de una pareja atravesada por la historia de su país. Pero ambas hablan, en el fondo, de lo mismo: de la necesidad de proteger un vínculo cuando todo alrededor parece empujar hacia la pérdida, la violencia o el desarraigo.

Star Wars: The Mandalorian and Grogu

Star Wars: The Mandalorian and Grogu, dirigida por Jon Favreau, continúa la historia de Din Djarin, el cazarrecompensas mandaloriano, y Grogu, su joven aprendiz. Tras la caída del Imperio Galáctico, la Nueva República intenta consolidar una paz todavía frágil mientras diversos señores de la guerra imperiales siguen dispersos por la galaxia. En ese contexto, Din Djarin y Grogu emprenden una nueva misión que los sitúa de nuevo entre la aventura, el peligro y la lealtad que ha definido su relación desde la serie televisiva.

Favreau lleva al cine un universo que ya había encontrado en televisión su tono más reconocible: western galáctico, relato de aprendizaje, aventura episódica y afecto silencioso entre dos personajes que apenas necesitan explicarse. La película funciona cuando acepta su naturaleza de gran relato popular, construido sobre persecuciones, criaturas, combates, humor físico y esa iconografía de Star Wars que sigue teniendo una fuerza casi mitológica. Visualmente, la propuesta busca ampliar la escala de la serie, con un acabado más espectacular y una vocación clara de experiencia de sala. Sin embargo, su mayor desafío está precisamente ahí: demostrar que no estamos ante un episodio extendido, sino ante una verdadera película con respiración propia.

El corazón del film vuelve a estar en la relación entre el guerrero y el niño. Din Djarin representa la coraza, la disciplina, el deber; Grogu, en cambio, introduce la ternura, el asombro y una forma de inocencia que la saga necesitaba recuperar. La película quizá no revoluciona el universo de Star Wars, ni pretende hacerlo, pero sí recuerda algo esencial: esta saga siempre ha funcionado mejor cuando bajo las naves, los imperios y los sables de luz late una historia sencilla de protección, pérdida y familia elegida. Su límite es la repetición; su virtud, la emoción directa de volver a acompañar a dos personajes que ya forman parte del imaginario sentimental de varias generaciones.

Un mundo frágil y maravilloso

Un mundo frágil y maravilloso, título español de A Sad and Beautiful World, dirigida por Cyril Aris, sigue la relación entre Nino y Yasmina a lo largo de tres décadas. Unidos desde su nacimiento en un Líbano marcado por la guerra y las crisis sucesivas, ambos crecen, se separan, se reencuentran y se enfrentan a una decisión fundamental: construir una vida y una familia en su país o marcharse en busca de un futuro menos incierto. La película recorre así una historia de amor atravesada por la memoria, el arraigo, la supervivencia y el deseo de permanecer.

Cyril Aris filma el amor como una fuerza que no existe al margen de la historia, sino dentro de ella. La película tiene algo de gran melodrama íntimo, pero evita convertir el Líbano en simple decorado trágico. Su mirada es más rica: hay humor, vida cotidiana, contradicción, deseo, miedo, belleza y cansancio. El paso del tiempo se convierte en materia narrativa, y los cuerpos de Nino y Yasmina parecen registrar no solo su propia evolución sentimental, sino también las sacudidas de un país que obliga constantemente a elegir entre la pertenencia y la huida. La puesta en escena apuesta por una emoción luminosa, cercana, a veces colorista, como si quisiera disputar a la devastación el derecho a mostrar también la alegría.

Lo más hermoso de Un mundo frágil y maravilloso es que no reduce el amor a refugio ni la patria a condena. Para sus personajes, quedarse no es una consigna heroica y marcharse no es una traición: ambas opciones duelen, ambas tienen razones, ambas dejan cicatriz. Aris entiende que la vida adulta muchas veces consiste en decidir qué parte de uno está dispuesto a perder. La película emociona porque no separa lo íntimo de lo político: una pareja que discute sobre su futuro está discutiendo también sobre un país, sobre una memoria compartida, sobre el derecho a imaginar felicidad en medio del derrumbe.

🎬 La opinión del Sr. Director

Lo interesante de reunir estas dos películas está en el contraste. The Mandalorian and Grogu habla de una familia encontrada en mitad de una galaxia que intenta recomponerse tras el imperio. Un mundo frágil y maravilloso habla de una pareja que intenta sostener el amor mientras su país parece negarles un suelo firme. Una mira hacia las estrellas; la otra, hacia las calles heridas de Beirut. Pero las dos entienden que el hogar no siempre es un lugar. A veces es una persona. A veces es una promesa. A veces es simplemente seguir al lado de alguien cuando el mundo insiste en separarnos.

Esta semana, el cine nos recuerda que toda aventura, incluso la más lejana, empieza en una pregunta muy humana: a quién decidimos cuidar cuando todo se vuelve incierto. Nos vemos entre butacas. 🎬✨

viernes, 15 de mayo de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

La imaginación como refugio, la memoria como condena

Esta semana la cartelera nos encierra en dos espacios donde la realidad empieza a resquebrajarse. En Hokum, una posada irlandesa convierte el duelo en pesadilla; en El beso de la mujer araña, una celda transforma el relato cinematográfico en una forma desesperada de libertad. Dos películas distintas en género, tono y ambición, pero unidas por una misma intuición: cuando el mundo exterior se vuelve insoportable, la mente inventa habitaciones secretas donde sobrevivir.

Hokum

Hokum, dirigida y escrita por Damian McCarthy, sigue a Ohm Bauman, un novelista estadounidense que viaja a una posada remota de Irlanda para esparcir las cenizas de sus padres y cerrar una etapa marcada por el duelo. El lugar, vinculado al viaje de luna de miel de sus progenitores, está rodeado por rumores sobre una antigua bruja que habría habitado la suite nupcial. A medida que avanza su estancia, las visiones, las desapariciones y la extrañeza del entorno empujan al protagonista hacia una experiencia cada vez más inquietante.

McCarthy vuelve a demostrar que entiende el terror como una arquitectura del desconcierto. La película no se apoya únicamente en el sobresalto, aunque lo maneja con precisión, sino en la sensación de que cada puerta del hotel conduce a una versión deformada de la culpa. La posada funciona como un organismo enfermo: pasillos, habitaciones, murmullos y rincones parecen respirar alrededor de Ohm. Adam Scott, alejado aquí de su registro más amable, sostiene la película desde una mezcla de cansancio, arrogancia y fragilidad, convirtiendo al escritor bloqueado en alguien atrapado no solo por una leyenda, sino por su propia incapacidad para comprender el dolor que arrastra.

Lo más interesante de Hokum es que su terror no nace únicamente de la bruja, sino de la sospecha de que toda historia inventada acaba reclamando algo de quien la cuenta. McCarthy juega con el folk horror, la comedia negra y el trauma psicológico, pero lo que permanece es una pregunta muy sencilla: ¿qué ocurre cuando el miedo deja de ser una amenaza exterior y se convierte en una forma de memoria? La película puede resultar enrevesada en su acumulación de símbolos, pero encuentra imágenes poderosas para hablar del duelo como una habitación cerrada que alguien tendrá que abrir tarde o temprano.

El beso de la mujer araña

El beso de la mujer araña, dirigida por Bill Condon, reúne en una celda a Valentín, preso político, y Molina, un escaparatista condenado por escándalo público. Entre ambos surge un vínculo inesperado cuando Molina comienza a relatar la trama de un viejo musical de Hollywood protagonizado por Ingrid Luna, su diva favorita. A través de esas historias, la prisión se abre a un mundo de fantasía donde los recuerdos, el deseo, la política y la necesidad de escapar se mezclan con la realidad cotidiana de los dos reclusos.

Condon afronta el material desde una apuesta clara por el contraste: la dureza física de la celda frente al fulgor artificial del musical. La película alterna el encierro y la fantasía, el cuerpo castigado y el espectáculo, la palabra íntima y la coreografía. Diego Luna aporta gravedad política a Valentín, Tonatiuh compone a Molina desde la vulnerabilidad y el artificio entendido como defensa, y Jennifer Lopez encarna esa imagen de diva cinematográfica que no pertenece del todo al mundo real, sino al territorio luminoso donde el cine promete consuelo. La puesta en escena encuentra su motor en esa tensión entre lo que oprime y lo que imagina.

La película funciona mejor cuando entiende que el escapismo no es una huida menor, sino una forma de resistencia emocional. Molina no cuenta películas para adornar el encierro: las cuenta para seguir existiendo. Y Valentín, que al principio parece desconfiar de esa belleza fabricada, termina descubriendo que también la fantasía puede contener una verdad política. El beso de la mujer araña corre el riesgo de embellecer demasiado el dolor, pero cuando encuentra el equilibrio entre celda y escenario, entre herida y canción, recuerda que el cine no siempre libera los cuerpos, pero a veces impide que el alma se rinda antes de tiempo.

🎬 La opinión del Sr. Director

Hokum y El beso de la mujer araña hablan, cada una a su manera, de personajes encerrados con sus fantasmas. Un escritor llega a Irlanda creyendo que podrá despedirse del pasado y descubre que el pasado no acepta despedidas tan fácilmente. Dos presos comparten una celda y descubren que una película contada en voz baja puede abrir una grieta en los muros. En una, la imaginación invoca monstruos; en la otra, fabrica belleza. Pero en ambas el relato se convierte en refugio y condena, en salvación y trampa.

Quizá por eso estas dos películas se miran mejor juntas: porque nos recuerdan que todos, en algún momento, necesitamos inventar una historia para atravesar la noche. Algunas historias nos salvan. Otras nos persiguen. Y las mejores, como el cine, hacen ambas cosas al mismo tiempo. Nos vemos entre butacas. 🎬✨

viernes, 8 de mayo de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

Estrenos de la semana

Cuando la vida exige una respuesta

Hay semanas en las que la cartelera no se limita a ofrecernos historias, sino preguntas. Hangar Rojo y Yo no moriré de amor parecen llegar desde territorios muy distintos: una desde la herida política de Chile, otra desde la intimidad doméstica de una familia española atravesada por la enfermedad. Sin embargo, ambas colocan a sus personajes ante una misma frontera: ese instante en que obedecer, cuidar, callar o resistir deja de ser una elección sencilla y se convierte en una forma de definirse ante el mundo.

Hangar Rojo

Hangar Rojo, dirigida por Juan Pablo Sallato, se sitúa en Santiago de Chile durante el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. El capitán Jorge Silva, antiguo jefe de Inteligencia de la Fuerza Aérea y ahora instructor en la Escuela de Aviación, recibe la orden de transformar ese espacio de formación militar en un centro de detención y tortura. A partir de ese encargo, la película sigue su conflicto interno mientras la maquinaria represiva se instala a su alrededor y los detenidos empiezan a llegar al lugar que da título al film.

Sallato construye su ópera prima como un thriller político de respiración contenida. La fotografía en blanco y negro no funciona aquí como un mero recurso estético, sino como una prolongación moral del relato: no hay una luz limpia ni una oscuridad absoluta, sino una zona gris donde los hombres se mueven bajo órdenes, miedo y disciplina. La cámara se pega al cuerpo y al rostro de Nicolás Zárate, convierte el silencio del capitán Silva en un campo de batalla, y utiliza el fuera de campo para sugerir aquello que la película no necesita mostrar frontalmente. El terror no siempre está en la imagen; muchas veces llega desde un pasillo, desde una orden seca, desde un sonido que atraviesa el hangar como una condena.

Lo más valioso de Hangar Rojo es que no convierte la conciencia en una proclama cómoda. Su protagonista no aparece como un héroe luminoso, sino como un hombre cercado por una institución que exige obediencia incluso cuando obedecer significa dejar de mirarse a sí mismo. La película habla de Chile, sí, pero también de cualquier tiempo en el que el poder pide a los individuos que renuncien a su responsabilidad personal. Sallato entiende que el verdadero drama no está solo en la violencia de los verdugos, sino en ese segundo previo en que alguien comprende que todavía puede elegir no ser uno de ellos.

Yo no moriré de amor

Yo no moriré de amor, dirigida por Marta Matute, presenta a Claudia, una joven de 18 años cuya vida cambia cuando la enfermedad de su madre altera por completo el equilibrio familiar. Entre el deseo de vivir su juventud, sus estudios, sus afectos y sus primeras decisiones adultas, Claudia debe asumir un papel creciente en los cuidados. La enfermedad transforma la relación con su madre, con su padre y con su hermana, obligando a todos a reorganizar una convivencia marcada por la dependencia, el cansancio y la culpa.

Marta Matute filma desde una cercanía que nunca se confunde con el subrayado. La película avanza con elipsis, dejando que el tiempo se acumule en los cuerpos, en las habitaciones, en las miradas que ya no saben si pedir perdón o pedir descanso. Su puesta en escena evita el melodrama aparatoso y prefiere observar los pequeños gestos: una mesa de cocina, una discusión que nace de la fatiga, una hija que quiere estar y huir al mismo tiempo. Júlia Mascort sostiene a Claudia con una mezcla muy precisa de rabia, vulnerabilidad y desconcierto, mientras Sonia Almarcha, Tomás del Estal y Laura Weissmahr completan un retrato familiar donde cada personaje parece cargar una parte distinta del mismo dolor.

La fuerza de Yo no moriré de amor está en su manera de mirar los cuidados sin convertirlos en una estampa noble y limpia. Cuidar también es agotarse, enfadarse, sentirse injusto, querer desaparecer y volver después con una ternura que no siempre sabe expresarse. Matute no juzga a Claudia; la acompaña. Y en esa decisión está la madurez de la película: comprender que el amor familiar no siempre se parece a una declaración hermosa, sino a una resistencia diaria, imperfecta, hecha de presencia, culpa y pequeños actos de reparación.

🎬 La opinión del Sr. Director

Estas dos películas nos recuerdan que el cine encuentra su grandeza cuando se atreve a mirar el punto exacto en que una persona deja de ser espectadora de su propia vida. En Hangar Rojo, esa llamada llega con uniforme, órdenes y miedo histórico. En Yo no moriré de amor, llega desde una casa, desde una madre enferma, desde una juventud interrumpida antes de tiempo. Una habla de la obediencia ante el horror; la otra, del amor cuando se vuelve carga y refugio a la vez. Pero ambas coinciden en algo esencial: nadie sale indemne cuando la vida le exige una respuesta.

Quizá por eso conviene mirar estas películas sin prisa, dejando que sus silencios trabajen en nosotros. Porque a veces el cine no nos pregunta qué habríamos hecho en lugar de sus personajes, sino qué estamos haciendo ya, aquí y ahora, con nuestra propia conciencia. Nos vemos entre butacas. 🎬✨

viernes, 1 de mayo de 2026

Los viernes, al cine: Estrenos de la semana

Estrenos de la semana

Entre la memoria que sueña y la identidad que resiste

El cine de esta semana nos invita a cruzar territorios profundamente íntimos y, al mismo tiempo, universales. Desde la ensoñación hipnótica del cine chino contemporáneo hasta el retrato identitario de una diáspora marcada por la historia, las películas seleccionadas dialogan sobre lo que somos y lo que recordamos. Dos formas de mirar el pasado: una desde la poética del tiempo, otra desde la necesidad de reconstruirse.

Resurrection (2025)

Resurrection, dirigida por Bi Gan, sigue a un hombre que regresa a su ciudad natal tras años de ausencia, arrastrado por recuerdos fragmentados y encuentros que parecen surgir de un sueño. A medida que recorre espacios conocidos, pero transformados por el paso del tiempo, se cruza con personajes que evocan distintas etapas de su vida, como si cada uno de ellos encarnara una versión posible de su pasado. Entre estos encuentros, destacan figuras que parecen desdibujarse entre lo real y lo imaginado, en un relato donde la memoria se convierte en territorio incierto.

Bi Gan reafirma aquí su condición de cineasta radicalmente singular. Su propuesta se sitúa en un terreno donde la narrativa convencional se diluye en favor de una experiencia sensorial. La cámara se desliza con una precisión casi coreográfica, y el tiempo deja de ser una línea para convertirse en un espacio que se recorre. El uso del plano secuencia, ya característico en su filmografía, adquiere aquí una dimensión casi hipnótica, envolviendo al espectador en un estado de contemplación constante.

El reconocimiento en el Festival de Cannes, donde recibió el premio especial del jurado, no es casual. Resurrection no busca agradar, sino transformar la mirada. Es cine que exige entrega, que pide al espectador que abandone la lógica para dejarse llevar por la emoción y la intuición. Esta obra es una de las experiencias más fascinantes del año: una película que no se entiende del todo, pero que se siente profundamente. Bi Gan no cuenta una historia, invoca un estado.

Todo lo que fuimos (2025)

Todo lo que fuimos (Allly baqi mink), dirigida por Cherien Dabis, presenta la historia de una mujer de origen palestino que vive entre dos mundos: el de su vida actual en el extranjero y el de sus raíces familiares. A través de su relación con sus padres y de su regreso a los lugares de su infancia, la protagonista —interpretada por una actriz que encarna ese desarraigo— reconstruye fragmentos de identidad marcados por la pérdida, la memoria y el desplazamiento.

Cherien Dabis aborda un relato profundamente político desde la intimidad. Su cine evita el discurso grandilocuente y se centra en los gestos cotidianos, en las conversaciones familiares y en los silencios que hablan más que las palabras. La película se sostiene sobre una narrativa emocional, donde el conflicto no siempre es visible, pero sí constante.

En esta película se percibe una honestidad conmovedora. No necesita subrayar su mensaje para hacerlo sentir. Habla de identidad, de pertenencia y de la imposibilidad de regresar del todo a un lugar que ya no existe como lo recordábamos. Sin estridencias, pero con una firmeza serena, construye un relato que permanece en quien lo contempla.

🎬 La opinión del Sr. Director

Dos películas que, desde lenguajes muy distintos, dialogan sobre la memoria como territorio inestable. Resurrection la convierte en un sueño del que no queremos despertar; Todo lo que fuimos, en una herida que aún busca nombre. Entre ambas, el cine se revela como un espacio donde recordar no es solo mirar atrás, sino intentar comprender quiénes somos hoy.

Porque a veces, lo que fuimos es lo único que nos queda para seguir siendo. Nos vemos entre butacas. 🎬✨