viernes, 9 de octubre de 2026

Los viernes, al cine: estrenos de la semana

 

Estrenos de la semana

Vidas reducidas a una cifra, vidas buscando un lugar

Hay semanas en las que dos películas parecen encontrarse en un punto que ninguna había previsto. Naza observa la guerra desde quienes conocen por dentro los mecanismos capaces de convertir una vida civil en un cálculo previo a un ataque. Ceniza en la boca mira a quienes abandonan su país creyendo que al otro lado de la frontera comenzará una vida mejor. Una habla de personas convertidas en estadísticas; la otra, de personas obligadas a demostrar una y otra vez que merecen un lugar. En ambas queda una pregunta incómoda: cuánto tarda una sociedad en dejar de ver a alguien como individuo.

Naza

Naza, dirigida por Yuval Abraham y Rachel Szor, reúne los testimonios de veinticuatro miembros y antiguos miembros de las fuerzas armadas y de los servicios de inteligencia israelíes. Filmados principalmente de noche y con sus identidades protegidas, explican procedimientos utilizados durante la guerra de Gaza para localizar objetivos, vigilar a sospechosos y calcular de antemano el número de civiles que podían morir durante determinados ataques. La película reconstruye estos sistemas a partir de entrevistas e investigaciones periodísticas desarrolladas junto a medios como The Guardian, +972 Magazine y Local Call.

Abraham y Szor toman una decisión formal decisiva: renuncian casi por completo a convertir la violencia en espectáculo. No necesitan mostrarnos una sucesión de explosiones porque su material más perturbador está en las palabras y en el tono casi administrativo con el que algunos testimonios describen decisiones de consecuencias irreversibles. Las azoteas nocturnas de Tel Aviv, los rostros ocultos y los largos silencios crean una atmósfera austera, cercana al cine de investigación. El documental formula una acusación muy grave sobre el funcionamiento de determinadas operaciones militares israelíes; las autoridades y el ejército israelí han rechazado sus conclusiones y han calificado la película de engañosa. Esa controversia no elimina la fuerza cinematográfica de un trabajo que obliga a escuchar cómo quienes participaron en esos sistemas explican su funcionamiento.

El Premio Especial del Jurado obtenido en Venecia resulta comprensible ante una película que encuentra su potencia precisamente en la ausencia de énfasis. Naza habla menos del instante de la destrucción que del proceso que la hace posible: clasificar, calcular, autorizar, convertir una decisión humana en procedimiento. Su pregunta más inquietante no pertenece únicamente a este conflicto. Tiene que ver con nuestra capacidad para acostumbrarnos al sufrimiento ajeno cuando una palabra técnica consigue alejarlo lo suficiente. El documental no permite esa distancia. Nos obliga a devolver una persona a cada cifra.

Ceniza en la boca

Ceniza en la boca, dirigida por Diego Luna, sigue a Lucila, una joven mexicana que viaja a Madrid junto a su hermano Diego para reunirse con su madre, que emigró a España ocho años antes y trabaja sin regularizar su situación para mantener a la familia. El reencuentro no se parece a aquello que los hermanos habían imaginado. La precariedad, el cansancio y los años de separación han transformado a todos, y Lucila debe encontrar su lugar en una ciudad nueva mientras intenta mantener unida una familia que llega al encuentro cargando demasiado pasado.

Diego Luna evita convertir la migración en un discurso general y concentra la película en sus consecuencias íntimas. La cámara permanece cerca de Lucila, de su desorientación y de esa sensación de estar siempre llegando a lugares donde nadie parece esperarla del todo. Anna Díaz sostiene el relato con una interpretación contenida, acompañada por Adriana Paz en el papel de una madre marcada por años de supervivencia. Madrid aparece sin postal turística: estaciones, viviendas pequeñas, empleos precarios y calles llenas de gente donde resulta posible sentirse completamente sola.

Ceniza en la boca entiende algo que a menudo queda fuera de las historias sobre emigración: marcharse no significa dejar atrás una vida y comenzar otra limpia. Uno lleva consigo las ausencias, los reproches y el tiempo perdido. Lucila no busca únicamente integrarse en España; intenta comprender a una madre que tuvo que marcharse para protegerla y que, al hacerlo, también dejó una herida. Diego Luna encuentra aquí una emoción sin sentimentalismo fácil. La verdadera frontera de la película no está entre México y España, sino entre las personas que se quieren y ya no saben cómo volver a reconocerse.

🎬 La opinión del Sr. Director

Naza y Ceniza en la boca colocan el foco en personas cuya existencia puede quedar reducida a categorías: daño colateral, inmigrante, irregular, víctima. El cine hace justamente lo contrario. Devuelve rostro, voz, historia y contradicciones a aquello que el lenguaje administrativo simplifica.

Abraham y Szor investigan cómo una estructura puede deshumanizar. Diego Luna observa qué ocurre después, cuando alguien cruza una frontera intentando recuperar un futuro. Son películas difíciles por razones distintas, pero ambas reivindican algo elemental: mirar de cerca antes de juzgar desde lejos.

Quizá una película no pueda reparar el mundo, pero todavía puede impedir que dejemos de mirar a quienes lo sufren.
Nos vemos entre butacas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario